Las comidas son en familia

Uno de los consejos que más he oído decir desde que soy madre es que comer o cenar en familia es fundamental para los niños, más aún hoy en día en que las conversaciones de verdad, sin pantallas de por medio, parece que escasean.

Somos los padres quienes debemos fomentar en nuestros hijos la conversación cara a cara, la escucha atenta, el saber reconocer si la persona que tienes a tu lado está bien, y el querer ayudar, o saber respetar sus silencios. Y la mejor forma de conseguirlo es a través del ejemplo.

Entre semana lo cierto es que la logística se nos complica y cenan primero los niños, y una vez metidos en la cama ya cenamos mi marido y yo; es, también, nuestro momento, cuando aprovechamos para contarnos nuestros respectivos días, así que hoy por hoy tampoco lo cambio pues aún son pequeños y nos dejan poquitos momentos de estar los dos solos y relajados. Pero siempre que no hay cole, las comidas y cenas son en familia. Y sí, en parte son un estrés (“la boca cerrada”, “ponte recto”, “no metas la mano en el plato”, “¿pero dónde vas, si no hemos terminado de comer?”, “no chinches a tu hermano”, “te sigo viendo hasta la campanilla…”), y no sería la primera vez que termino de comer y me juro que no vuelvo a repetirlo, pero ver cómo interactúan unos con otros, escucharles mientras te cuentan lo primero que se les pasa por la cabeza, sus risas, las preguntas descabelladas, las dudas transcendentales de mini-adultos en potencia (y el esfuerzo por no soltar la carcajada mientras tratas de salir airoso del paso)… no tiene precio.

En casa tienen la suerte, además, de que a su padre le gusta la cocina, y les deja hacer y deshacer. Desde muy pequeñitos colaboran en todo (mientras aquí su madre cierra los ojos al verlos con un cuchillo o cerca del fuego; Esther Barrio, me acuerdo siempre de ti y de la de veces que te he oído decir que pueden hacer más de lo que creemos… qué cierto, y qué respeto me sigue dando aún así jeje), así que las comidas en familia empiezan, en realidad, mucho antes: con la preparación de lo que vayamos a comer.

La trona de Stokke, en nuestro caso, es perfecta para que hasta el más pequeño pueda unirse y sentirse “uno más” en casa. Las descubrimos con Bosco, y fue cuando nos dimos cuenta de que, al estar a la altura de sus hermanos, y no tener que mirarlos siempre “desde abajo” (la sillita, la hamaca, la cuna, etc.), interactúan mejor con el resto, están más tranquilos, ¡y lo pasan pipa observándoles! 

Una de nuestras comidas “especiales” preferidas son las hamburguesas caseras, pues contienen todos los ingredientes para que sean un éxito: son muy fáciles de hacer, pueden meter las manos bien en la masa (y terminar de carne picada hasta las orejas), y son prácticamente autónomos desde que comenzamos a cocinar hasta que nos lo comemos. Éxito asegurado 🙂

Como os decía al principio, a veces la comida o cena que tenías en la cabeza no siempre es como termina siendo, sino un poco (bastante) más estresante de la imagen (idílica) que tenías en mente, pero creo que es importante no sólo para que los niños sepan desde pequeñitos cómo comportarse en la mesa y las reglas básicas de convivencia, sino también para que nos paremos de vez en cuando y apreciemos, ellos y nosotros, los pequeños placeres de la vida cotidiana.

Aunque no lo creáis, comer todos juntos puede ser un planazo de fin de semana: decidir juntos qué preparar, ir a la compra, cocinar, preparar la mesa, comer y recogerlo todo después; ¿lo habéis probado alguna vez? ¿Os gusta comer o cenar con los niños, o preferís que los niños coman primero y vosotros después, con algo más de paz? ¿Qué otras actividades del día a día hacéis juntos, y resulta que a ellos les encanta?

-María

  1. ¿Cuándo nos invitas a comer esas hamburguesas?

    Responder
  2. Acabo de descubrir este post y me ha encantado leerlo. La verdad es que para mi las comidas en familia son fundamentales. Y sí, efectivamente me vuelven loca las dos pequeñas de la casa entre peleas, distracciones, preguntas, derrames de líquidos varios y desparrame de comida… Pero creo que merece la pena la inversión, y hacemos todas las cenas entre semana y el todas las comidas el fin de semana juntos! Creo que aprenden a comer, a dialogar, a comportarse en la mesa… es todo un ritual que me encanta compartir. Recuerdo que era una obsesión incluso cuando la primera era un bebé y mi marido se levantaba de la mesa y yo le decía “no hemos terminado de comer!” Y la niña en la trona al lado mirando perpleja a su madre alocada

    Responder
    • Jajaja, totalmente de acuerdo: la inversión merece la pena. Y lo cierto es que, cuanto más lo haces, menos disco rayado eres y más te puedes centrar en las conversaciones con unos y otros 🙂
      ¡Besos y gracias por pasarte!

Deja una Respuesta

Por favor, ten en cuenta que al dejar un comentario en Sonambulistas, estás aceptando nuestra política de privacidad. ¡Muchas gracias!